Es suave... incluso somnolienta. Es pequeñita... y aun así imponente.
Fresca... a veces fria.
Pero cálida al mas ligero rayo de sol.
Simple e hipnotizante.
Puede ser calma o angustia.
Dolor o gozo.
No tiene un color, una forma que le defina.
Violeta, lila, azul, blanca...
Sin clichés, sin ajustarse en los moldes.
Si el alma tuviera color, sin duda sería del color de la lavanda.